El 51%

Conciencia, 08/mar/20

Si analizamos las actividades más importantes -en las que hemos invertido más tiempo a lo largo de la vida- como comer, jugar, hacer deporte, conversar, recrearnos, compartir e incluso trabajar o estudiar (en la medida que el fruto del trabajo o el estudio se convierte en bienestar) encontraremos que en todos los casos lo que estamos buscando es disfrutar. Esta es la gran motivación oculta y a veces no tan oculta que mueve nuestras vidas. Hasta aquí es probable que haya concenso. Pero qué pasa cuando remplazamos la palabra disfrutar por placer, es probable que muchos dejen de leer por la tremenda incomodidad que esto les genera. En nuestra sociedad, la palabra placer está totalmente desvirtuada, proscrita y limitada al placer genital. Si uno la menciona, pocos pensarán en comerse un helado, mirar una puesta de Sol o leer un libro. Pero la palabra no tiene la culpa.

No admitir la dimensión que tiene la busqueda de placer en nuestras vidas es una de nuestras sombras más grandes y quizá nuestra mayor contradicción.

Nos es muy difícil ver el nivel de programación que nos han impuesto y que nos condiciona a tal punto que solo pensar en ello nos causa por lo menos escosor.

Nos contaron el cuento que el placer es algo sucio, mezquino, profano, degradante, involutivo, material y reñido con la virtud, cuando esta versión es solo una proyección de sus inventores y defensores.

Esto crea una tensión enorme en la vida de muchos y un bloqueo muy grande en la consciencia, los obliga a vivir al borde de la ezquizofrenia teniendo que sentir placer con culpa. Como no podemos vivir el placer conscientemente, esa parte de la vida se la dejamos a nuestra animalidad. ¿Dejaremos que la consciencia solo se encargue de todo aquello que es sufrido y desagradable en nuestra evolución?

Con razón estamos como estamos, digamos que los “jefes” espirituales están un poco confundidos. El más incomprendido filósofo del siglo pasado Friederich Nietzche nos regaló muchas pistas, en Así hablo Zaratustra.

”!Yo os conjuro, hermanos míos, permaneced fieles a la tierra y no creaís a quienes os hablan de esperanzas sobrenaturales! Son envenedadores, lo sepan o no. Son despreciadores de la vida, son moribundos y están, ellos también, envenenados, la tierra está cansada de ellos.”

Pelearnos con el placer es la forma más obtusa de abordar semejante problema. Creo que es mejor amistarnos con esa palabra, mandarla a la lavandería y que nos la entreguen limpia y desinfectada de tanta ignorancia.

Si ponemos al placer en el banquillo de los acusados y le aplicamos la sagrada ley de la cuatripartición, encontramos que tras el primer análisis tenemos dos opciones: Si al placer y No al placer. Los que escongen el Si, quizá sientan que están renunciando a la vida “espiritual” y que no son dignos de ella pero no les queda otra cosa que seguir sus impulsos naturales. Los que escogen el No, creerán que son muy “espirituales” al haber escogido el camino del sufrimiento, sin entender que para muchos esto se convertirá en un gran daño contra sí mismos y contra la sociedad al no poder manejar niveles tan altos de locura, frustración y oscuridad.

Si pasamos al siguiente nivel dividiendo la dualidad, econtramos que si dividimos el No, no pasa nada. Cero entre dos es cero. Pero si dividimos el Si, podemos encontrar que puede haber dos tipos de placer, uno evolutivo y otro involutivo, uno te eleva y el otro te degrada, uno que cura y otro que enferma. Podemos sentir placer al comer una ensalada de vegetales orgánicos o sentir placer al comer comida chatarra.

El placer siempre estará allí, como la motivación oculta de todas nuestras acciones, pero el problema no es el placer sino nuestra consciencia. Amistados ahora con la palabra prohibida vamos a darle un giro inesperado, pues no solo se trata de si hay un placer evolutivo o involutivo. El hecho más evidente es que pasamos la vida buscando felicidad -cada uno a su manera- pero esto es en verdad a lo que nos dedicamos. Quizá esta palabra nos resulta más amigable, pero en el fondo es lo mismo. El ladrón y el villano la buscan a su manera y el ser virtuoso también, cada uno hace lo que puede por ser feliz. Sin embargo si aplicamos al placer evolutivo la siguiente división y profundizamos un nivel más, encontramos que puede haber dos tipos de placeres evolutivos. Uno que viene del exterior y otro del interior. Del exterior puede venir toda la felicidad material y emocional, comer, beber, sexo biológico, recrearnos, compartir con las personas y todo lo que consideremos placeres materiales, emocionales e intelectuales. Llamémosle placeres del primer, segundo y tercer altar. Pero lo que no consideramos es el alto costo emocional y energético que esto significa. Mientras más denso y burdo, el placer se vuelve más caro e ineficiente por la gran cantidad de energía que se necesita para obtenerlo. Un buen ejemplo podría ser aquella persona que tiene un trabajo tan exigente como bien remunerado. Trabaja 10 horas diarias, soporta dos horas de tráfico, llega a su casa exhausto, cena, se toma un wisky, se sienta en su sillón de cuero frente a su inmenso televisor, ni siquiera lo enciende, se queda dormido. Su esperanza semanal se reduce a tener de vez en cuando un sábado libre y el sagrado Domingo para salir a pasear o para no hacer nada. Una vez al año dispone de 30 días de vacaciones para hacer vida de millonario, si es que no las vende cuando necesita el dinero para cambiar su auto nuevo por otro más nuevo el cual disfruta intensamente cuando va de la casa al trabajo y viceversa. Es una buena persona pero trabaja en una de las tantas empresas que se se dedican a la involución. No disfruta ni un solo minuto de su trabajo, lo aborrece, pero le da status y mucho dinero. ¿Cuánto es el costo emocional que paga esa persona por su “felicidad”? Quizá trabaja en un banco pero yo diría que es un mal “financista”. Esa persona contrajo una deuda impagable hacia sí mismo y nunca querrá ni asomarse a su interior para no ver la manera cómo se traicionó.

Cuando el 100% de nuestra felicidad depende del mundo exterior y de los otros, nos volvemos esclavos y mendigos de esa felicidad, somos capacez de someternos a cualquier bejamen con tal de no asumir nuestra responsabilidad frente a nosotros mismos. No solo hablo de vender nuestro tiempo por dinero sino también de estar mendigando cariño, reconocimiento y estima en la sociedad. Regalamos nuestro tesoro más preciado (nuestro tiempo) por unos papelitos de colores creyendo que eso nos traerá felicidad y respeto. La gran mayoría se encuentra todavía lejos de entender que nadie puede robar tu poder, si tú no quieres, tú puedes producir desde el interior una gran cantidad de felicidad que equilibre tu vida y te haga cada vez más independiente y soberano.

Te toca descubrir como ir equilibrando esa relación entre la felicidad que viene de fuera y la que se produce dentro, y poco a poco lograrás un estado de libertad frente al mundo exterior que te sorprenderá. Ya no tendrás que negociar en la oscuridad contigo mismo para concederte la felicidad que mereces. Y cuando logres que el 51% del total de tu felicidad sea producida en tu interior podrás considerarte a ti mismo una persona despierta. Pues verás el mundo y su ilusión de otra manera, ya nada de lo que pase puede doblegarte. No se trata de renunciar a la felicidad “mundana” y “sufrir”, se trata de generar tu propia felicidad a través de los buenos pensamientos y las más bellas emociones. En tiempos de crisis no queda más que volverse creativos. Los que dominan el mundo, con todo su poder, su manipulación mediática y todos los estudios en neurociencia sobre la emocionalidad saben como venderte lo que tu subconsciente anhela pero tu consciente reprime, como venderte disney y el “american dream”, no les importa pasar a la historia como la generación sin escrupulos, como ecocidas o criminales. Para eso tienen su sociedad anónima, su propiedad privada de amor, su secreto bancario y al final su paraíso fiscal.

Nadie puede vivir sanamente con un nivel tan bajo de felicidad interior, por eso la mayoría tiene que salir a buscarla afuera, como quien busca droga. Así matamos la consciencia para obtener una golosina, sin entender que el más grande placer está en la consciencia.

Son tiempos maravillosos en los que podemos entender mucho sobre nuestros procesos emocionales y cómo afectan nuestra bioquímica. No creo equivocarme en que todo el placer y la felicidad lograda es gracias a hormonas y neurotransmisores que producen esa sensación placentera. Se forman circuitos neuronales, tan rápidos como autopistas y mientras más los usas más rápidos se vuelven, para bien o para mal. ¿En que se diferencia un adicto a drogas de una persona que genera su propia felicidad? En que el segundo genera sus propias moléculas de placer sin depender de lo externo. todos buscamos lo mismo pero con diferente conciencia. Los tres primeros altares necesitan “combustible” externo para generar felicidad, solo el corazón autogenera su propio placer.

Para los egipcios el espíritu del fallecido era guiado por el dios Anibis ante el tribunal de Osiris. Anubis extraía mágicamente el corazón, que representa la conciencia y lo depositaba sobre uno de los dos platillos de una balanza. El era contrapesado con una pluma situada en el otro platillo. Si el corazón pesaba menos lograba trascender.

Solo un corazón libre de miedo, culpa y soberbia pesa menos que una pluma.

Si recordamos la ley de analogía: como es arriba es abajo y como es afuera también es adentro, vemos que existe la posibilidad que toda la maravila del universo también se pueda encontrar adentro. Las más increibles puestas de Sol, amaneceres, playas infinitas, olas perfectas, desiertos y junglas, música y poesía se pueden convertir en nuestros más bellos pensamientos. Solo hay que SABER cómo y dónde encontrar.