El costo emocional (parte III)

Conciencia, 23/feb/20

Venía muy contento llegando a la selva por carretera y de pronto veo que de un carro adelante arrojan por la ventana una bolsa plástica. Mi mente automática pensó: Pobre planeta, otra bolsa más que seguramente terminará en el río y luego de su siniestro recorrido se unirá con sus hermanas para seguir aumentando la gigantesca isla de plástico. Mi siguiente pensamiento fue más racional: La gran isla de plástico está en el Pacífico no en el Atlántico… Sin embargo noté que mi sensación corporal había cambiado, ya no estaba tan contento; había reaccionado la temible maquinaria del mal juicio influyendo negativamente en mis emociones y por consecuencia en mi cuerpo. Me di cuenta del patrón (gracias al malestar) y me puse a reflexionar en la ley de la cuatripartición (el Tawantinsuyo) para ver cómo, con la ayuda de esa herramienta, se podía manejar este tipo de conflicto.

La ley de la cuatripartición está basada en la doble dualidad, es decir, crear a partir de la primera dualidad -la que nos plantea un conflicto- una segunda dualidad que lo resuelve.

De esta manera no nos limitamos a tener una visión maniquea de la vida (el ver todo como bueno o malo) que es esencialmente limitada sino que además es altamente tóxica.

El siguiente paso es recordar que luego de percibir la primera dualidad sobre el hecho, tenemos que crear la segunda dualidad, adentro y afuera. Así que “me vi” dentro de mi “auto” arrojando al mundo mi pensamiento “bolsa de plástico” que hace su siniestro recorrido subconsciente y finalmente llega a mi isla de plástico en el no tan pacífico océano de mi mente.

Mi sensación corporal cambió, ahora era de mucha felicidad, sabiendo que a pesar de estar viendo mi propia isla de basura interior, me llenaba de dicha el poder contemplar algo un poco más real que solo la realidad parcial, mis malos juicios y mis creencias.

Mi conclusión fue que tenemos que hacer el trabajo completo, porque si nos quedamos a la mitad solo nos queda navegar en el mar de la dualidad irresuelta que es permanente conflicto. El darnos cuenta y sobre todo tomar responsabilidad sobre los procesos internos nos ayuda a tener una visión más equilibrada. Para ver los cuatro los tengo que ver desde arriba, cuando solo veo la dualidad es porque me estoy identificando con cualquiera de sus extremos.

Si entendemos nuestra mente como un conjunto de softwares (patrones y programas), tenemos muchos especializados en buscar y detectar problemas generalmente “afuera”. Mucha gente se sienta en los café o los restaurantes de las universidades a resolver los problemas del mundo. A pensar como “deberían” ser las cosas. Muy pocos llegan a la conclusión que ellos mismos son parte del problema. Casi todos los programas que “corremos” en nuestra mente son para detectar y gestionar problemas en el exterior. Pero ese software está errado, siempre termina buscando un “culpable” afuera (como un programa que detecta virus y espera la orden para eliminarlos).

Buscar culpables afuera nos aligera, nos aliviana, nos da absurda sensación de que no somos tan malos, que siempre hay peores personas que hacen las cosas peores que nosotros y más inconscientemente.

Pareciera que no venden software para detectar la propia incoherencia y manejar nuestros residuos y desechos emocionales adecuadamente. Pareciera que el costo emocional de este software es muy alto y que solo se pueden “pagar” ese lujo algunas cuantas personas comprometidas con trabajos un poco más serios y que pueden ponerlo todo en una justa proporción y en un natural orden de valores que no siempre es similar al que pretende imponer la distorsionada moral de la sociedad.

Es lógico admitir y aceptar que cada ser humano tenga que lidiar con cierto grado de incoherencia, pero cuando nos quieren vender con un doble discurso por un lado una pulcra moralidad y por otro una descarada práctica que solo busca poder y dinero, la cosa se puede poner muy peligrosa.

En Finlandia, aquel hermoso país de las auroras boreales se esconde uno de los secretos públicos más oscuros de los países desarrollados. El proyecto ONKALO.

Se trata de un depósito de material radioactivo, ubicado 500 metros bajo tierra, excavado en la roca viva que contiene 250.000 TONELADAS de desechos radioactivos, principalmente Uranio y Plutonio. Según los “responsables” del proyecto los contenedores y su sistema de seguridad deben durar 100.000 años que es el tiempo que el material radioactivo dejará de ser mortal. El proyecto se concluirá en el año 2.100 y se sellará con una gruesa tapa de concreto esperando que nadie ni nada se le ocurra traspasar esta puerta al verdadero infierno.

Si hubiera un cataclismo que destruyera Onkalo en los próximos 10.000 años no quedaría vida sobre la tierra. Así que estamos jugando o rezando a que no pase nada en los próximos 100.000 años. Y a estos le llaman ciencia…

Y yo preocupándome para no usar bolsas plásticas y limpiarme el trasero con dos cuadraditos de papel.