Entre el Ser y lo que soy

15/sep/19

Entre el Ser y lo que soy

Existen verdades que no solo resuenan sino que retumban como un poderoso trueno porque tienen una cualidad que las hace especialmente atemporales, como si vinieran desde un “más allá del principio del tiempo” . Una de las que más me impactó en la vida fue “No existe más realidad que el Ser”. No sólo suena, sino que tiene como el rayo el poder de fulminar todas las benditas especulaciones y creencias que elaboramos y sobre las cuales basamos nuestra vida. El Ser no sólo es la realidad última y primordial sino que también está más allá de cualquier parametro y limitación fruto de nuestra percepción mental. No tiene principio ni final ni puede estar limitado por el espacio o el tiempo. No hay diferencia entre el Ser individual y el gran Ser. Hablamos de la “Seidad”, de la existencialidad, de la capacidad de existir sin atributos. No creo que pueda ser considerado un “pecado” para ninguno de los bandos (llamense ateos o creyentes) identificar la palabra Dios con este Ser. Sólo alguien detenido por el fundamentalismo podría desestimar semejante similitud. Sólo alguien completamente hueco, a quien sólo le queda un cascarón hecho de dogmas para proteger y justificar su vacuidad podría negar que este Ser es el principio de nuestra divinidad y nuestro misterio. Ante la mirada de un átomo ¿Cuál es la diferencia entre la gota y el oceano? Todo es cuestión de escala. El Ser, Dios o la Divinidad es algo transversal a lo que soy. En la versión resumida podría decir que es como tener dos identidades. Una inmutable, atemporal e ilimitada y otra que corresponde a un punto en espacio y tiempo que cambia permanentemente con mi aquí, mi ahora y mis circunstancias. Si observamos un bebe recien nacido, yo observo un Ser. Toda la divina transparencia de la existencia pura, no contaminada. Un libro verdaderamente sagrado con las páginas en blanco. Si recuerdo que yo también algún día fui ese Ser, se me hace inevitable la pregunta: ¿Qué pasó?, ¿Cómo llegué a ser lo que soy? No puedo ver sino años y años de condicionamientos ideológicos y emocionales que elaboraron falsas conclusiones sobre la vida. Aprendí a mirar cada situación desde las propias heridas o desde los pequeños triunfos y a partir de ellos fabricar una “realidad” proyectada desde el dolor o la conveniencia, pasando por la limitación perceptiva que cristalizó todo esto como lo “verdadero”. Por más que hace muchos años lo entendí teóricamente, no siempre puedo sostener que todo es una proyección mía. Las personas no son desagradables o primitivas, son solo espejos que me muestran mis condicionamientos, mi incapicidad de percibir el Ser en su versión diversificada. ¿Qué más soy? “Un niño con miedo, un adolescente con culpa, un hombre arrogante. Una fábrica de juicios que trabaja 24 horas para demostrar que Yo estoy bien y los demás están equivocados, que mi manera es la correcta, la más eficiente; un cúmulo de emociones negativas y pensamientos mecánicos instalados por la sociedad y la familia”. ¿Qué más hay o es que no hay nada bueno? No es el propósito dar una visión exclusivamente negativa de la condición actual, pero si creo imprescindible atravesar la sombra en toda su negrura para ver realmente la luz amanecer. Ahora veo que todo esto que creo que soy es en realidad lo que no soy, es más, dentro de la mecánica de la naturaleza es técnicamente, lo que han hecho de mí o mejor aún -pasando a asumir plena responsabilidad- es lo que yo permití que hagan conmigo dentro mi inocente ignorancia. La parte buena es que ni siquiera este proceso lo considero negativo. Es sólo parte del gran aprendizaje de cómo la consciencia se aleja del Ser y experimenta un proceso de “degradación” para convertirse en total inconsciencia, mínima sensibilidad. Mientras, el Ser espera comodamente el momento de ser nuevamente reconocido por la consciencia como la única realidad verdadera. Probablemente la mente nos lleve a objetar que si hablamos de “una realidad verdadera” es por que estamos descalificando a otras llamándolas “falsa realidad”, pero no es así. En mi pequeño entendimiento no es lo falso lo que se opone a lo verdadero sino lo temporal. Lo temporal vuelve todo relativo. Recuerdo que en mi niñez escuché: “Pasará este Cielo y esta Tierra pero mi palabra no pasará”. La verdadera verdad es para siempre. Esto me lleva a recordar el tema de mis “identidades”. Tanto mi identidad corporal, emocional e ideológica han pasado y pasarán aún por muchos cambios. Siempre de algo menos real a algo un poco más real. (Masato ma Sat gamaya). Cada anillo de crecimiento, cada paso hacia lo real quiere brindarte -casi gratuitamente- la sensasión de “haber llegado”. Pero luego de haber pasado no una sino muchas transformaciones empiezas a comprender que el camino es mucho más largo de lo imaginado y no es cuestión de desilusionarse y desistir sino de persistir hasta el final, y así cada día tratar de estrenar una versión un poco más real. Nada más hermoso que contemplar este abismo entre mi Ser y lo que soy.