Generazión Z

reflexión social, 29/dic/19

En mi último paso por México conocí a una persona increíblemente maravillosa, se llama Victoria y tiene 10 años. Fue mi anfitriona y almorzamos juntos mientras su mamá regresaba a casa. A pesar que es muy fácil reconocer que los “nuevos modelos” vienen con un chip superior, en menos de 5 minutos me di cuenta que no era alguien común, brillaba con una intensidad apabullante y en segundos me puso contra la pared y frente a una realidad ante la cual haría cualquier cosa por disolver o por lo menos ignorar… si fuera posible.

Intentaba escucharla con toda atención pero era una ametralladora de ideas llenas de lucidez, ternura y profunda convicción. Cada frase que soltaba detonaba en mí casi infinitas reflexiones que tenía que aprender a soltar, o posponer, solo para poder seguirle con la misma intensidad, admiración y respeto. Era como un partido de tenis en el que no te dan tregua, me di cuenta que sin ninguna duda estaba ante una profesional de la intensidad.

Ella asiste a un colegio de “elite” y no pienso que estos colegios sean malos sino que todos los colegios deberían ser de “elite”. En esos inolvidables 5 minutos, me contó como le había tocado defender un debate en el cole –que aunque ella no estaba de acuerdo- tuvo que argumentar ¿porqué era bueno que los humanos colonicemos Marte? También me dijo que “a pesar de todo ella si quería tener hijos cuando sea grande” y que aunque la mayoría en la generación Z no estaba de acuerdo…

De pronto se abrió esa gran puerta al espacio interno y me partí en dos. Por un lado no podía dejar de escucharla y por otro veía el infinito interior presintiéndome y acercándome a un punto de no retorno.

Volví a escucharla nuevamente cuando insistió “porque nosotras, las de la generación Z…”

Por segunda vez, esto sonó como un trueno mezclado con terremoto y remolino y reconocí que estaba frente a algo nuevo, en mi vida, en mi consciencia, en mi vocabulario. Nunca la había escuchado antes, lo último que escuché de estos clichés generacionales fue el de los “Milenials” y ya me parecía todo bastante bizarro cuando en eso la suelta por tercera vez. De pronto observé cómo algo en mí hacía un esfuerzo titánico por contener las lágrimas, aún no sabía porqué.

Pasé a “modo introspectivo”, a ver ¿qué está pasando? Ok, escuché de los niños Indigo, luego los Cristal, luego los Milenials y más o menos creía entender que significaban cada uno. Pero ni mi más grande esfuerzo pudo impedir que rodara una lágrima. En eso me preguntó: ¿estás llorando? Sonreí y respondí: En el avión siempre se me irritan los ojos… Eso también era verdad.

Me siguió contando sobre su debate y porqué tenemos que salvar la Tierra en vez de estar pensando en viajar a Marte…

Mi percepción se dividía en cuatro: escucharla, no llorar, observar una parte de mí totalmente colapsada y otra, expresando la gélida voz de la razón, la del adulto forrado en su armadura de argumentos y creencias -que lo “protege” y lo aísla de las emociones, de la vida, de la verdad- diciendo: ¿I qué, si la generación Z es la última? ¿Nos merecemos -por brutos- la extinción? ¿Hay “alguien” que, hasta en las escuelas, está sembrando que esto es inevitable?

No sé que tan conscientes fueron quienes bautizaron a está generación. No sé si tienen otra interpretación bajo la manga para decir que no quisieron decir lo que dijeron. No sé porqué la verdad es tan dura como monumental y evidente para quienes tienen dos dedos de frente y ven lo que se viene.

En los días más difíciles siempre me abrazo a un pensamiento: Es demasiado tarde para ser pesimista.

Tenía sentada frente a mí no solo 10 años de pura esperanza, sino también toda la fuerza y la creatividad de los que pueden atreverse a ser el cambio.

Habría que hacer una encuesta entre la generación Z y preguntarles ¿Cómo llamarían ellos a mi generación y a las anteriores? ¿la generación de los zombies?, ¿de los corruptos?, ¿de los imbéciles?, ¿de los ecocidas?

Muchos de la generación Z ya tienen más de 20 años y ahora les toca mostrar que tienen más que esperanza, que tienen manos y piernas y voces y cerebros para hacer danzar y cantar su verdad.

Bendita seas Victoria, bendito sea tu nombre, porque tu victoria será la mía.